Poema de la urgencia.

A los amorosos les urge la lluvia.
Les apremia la espiral hacia la nada.
Les compele lloverse,
volarse,
licuarse,
morir.

La voz,
en ese instante, se hace agua
y se lanza la huella desesperada
en busca de un pedazo de rostro
que llevarse a la boca para vivir.
Una parte complementaria
viene ataviada de sigilo.

Desesperadas,
las gotas se anuncian, se retrasan, se liberan
rebeldes y presas de una premura dilatada.
Llegan en vilo.
La sensación de nada signa con presagios.

No se necesita enlazar manos
rozar el pecho, ni morder la boca.
Las ansias,
se esfuman, evaporan, y regresan altas,
como altas olas.

Como último paso de la liturgia,
como milagro provocado,
comienza la lluvia.

Duna

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déjate llevar…

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