Jaulalas

Federico es un herrero de los de antes; de los que trabajan por amor al arte, sin medir el tiempo ni el costo del trabajo. Un día que no tenía encargos pendientes, calentó al rojo vivo su fragua para llevar a cabo un experimento. Quería hacer jaulas para pájaros torneadas artesanalmente, únicas. Las quería hacer con una nueva e inusual aleación de metales. Mezcló todo aquello que tenía a su alcance, y empezó la tarea.
Cuando tuvo hecha la primera, se sentó a juzgar su trabajo.
- ¿Qué haces tan pensativo? preguntó Ana.
- Observo mi jaula, y pienso si el preso se sentirá bien en ella.
-¿Acaso no sabes que un preso no se siente bien en ninguna jaula, aunque sea la más bella?
- Si, respondió Federico. Pero, ya que los hombres continúan con la costumbre de enjaular todo cuanto se eleva, al menos que sea en un lugar bonito y cómodo.
Ana, asintió con mucha tristeza, y se marchó.
Federico continuó haciendo jaulas. Al final del día tenía una docena de preciosas jaulas en su taller. Satisfecho por su trabajo, que no por el fin de sus piezas, se marchó a casa.

Esa noche no pudo dormir.
¿Estaba haciendo bien, o un mal a la humanidad?. Se levantó de la cama, y fue a preguntar al amigo que hacía cuchillos, al banquero, a la funeraria, al que hacía las verjas para vallar los jardines…a todos.
Pedro, ¿crees que hacemos bien forjando objetos que atrapan y matan?.
Pedro lo miró con seriedad y dijo:
- No somos nosotros los que hacemos mal, al crear objetos, sino quien no los usa con buen fin. Un cuchillo sirve para matar, pero también para pelar una manzana.
Juan, ¿crees que atesorar dinero es un buen fin?
- El dinero, dijo Juan, no es ni bueno ni malo en si mismo. Hay personas a las que pervierte, y otras a las que da la posibilidad de ayudar.
Luis, ¿es necesario vallar las propiedades, cuando el mundo es de todos?.
-Mira Federico, si supiésemos disfrutar con mesura y respeto de las propiedades nuestras y ajenas, yo estaría feliz de brazos cruzados. Estaría feliz de no tener trabajo.
La explicaciones de sus amigos, solo convencieron en parte a Federico porque sus jaulas no servían más que para encarcelar seres libres.

Marchó a la fragua, como todos los días, pero hoy más pensativo y triste. Cuando abrió los portones, no daba crédito a lo que veía: las jaulas se habían transformado en alas que se movían solas, y flotaban.
¿Qué está pasando? dijo Federico en voz alta. ¿Será que la aleación de metales que hice es mágica? Pero, si así fuera, no recuerdo la fórmula, ni las cantidades que utilicé…
Pero su asombró llegó al límite cuando observó que sus “jaulalas” se iban introduciendo en el cuerpo de algunos de las personas que pasaban por su puerta,y haciéndose invisibles dentro. ¿Por qué en unos si, y dejan pasar a otros sin mirarles?

Ana dijo:
Solo algunos necesitan que les enseñen a volar.
A partir de entonces, Federico construye cada día un par de jaulalas que se marchan solas donde deben estar.
¿Necesitas una jaulala?

Duna

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déjate llevar…

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