Me sobra cuando me faltas.


Observas mis mejillas,
y ves esa verdad que nunca confesarás.
Cierro los ojos, sin justificar intermitentes cegueras;
me hundo y elevo con el poder
de mi desnudez, sin explicación.
Ni mi yo pregunta
para no caer en la molesta repetición.

Quizá, tal vez, 
comprendas que no me voy 
para no regresar; 


Robo un arpegio al dolor, un resto de oscuro,
y se acurruca mi voz en el rincón
donde se expatria púrpura,
el grito más lánguido,
el jarrón con una única violeta,
la grieta del mundo.
Temo que se convierta en pavesa
pero escapa libre y se convierte en azul elástico;
me roba el aliento nativo,
para esclavizarme al vital estertor de la agonía
y me engaña con un
levísimo
sorbo de ambrosía.

¿Cómo se juega esta partida,
sin hacer trampas
a la eramada de las zarzas?

Me sobra cuando me faltas.

Pero,
cuanta lujuria contiene la no justificación.

© Duna
*
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déjate llevar…

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